viernes, 27 de noviembre de 2009

El Veneno

El veneno
(por Emilio Nicolás)




Y ni siquiera el sonido constante que taladra mis oídos esta vez despertaría en esta noche a mis sentidos. Quizás un alma que viajó mientras su cuerpo dormía y no supo encontrar el camino de vuelta ahora condena al envase a ser eso, un envase.

Pero de una u otra forma lo hizo, volvió. Y si me hubiese dado la oportunidad de hablar con ella, hubiese estado de rodillas rogándole que no vuelva. De todos modos ya era tarde.

Amanecer cuando el astro hace rato que está durmiendo. Amanecer cuando la noche reina y reinará hasta que el vapor helado ascienda de nuevo como nubes que todo secan.

Y así, con los ojos abiertos y el resto del cuerpo entumecido, permanezco. Está sonando esa música oriental de nuevo pero soy incapaz de acudir a ella. Estoy paralizado y empapado de sudor.

El frío se funde con las gotas en mi cuerpo y lo convierten en una jaula, en una bomba de tiempo que amenaza con sentar raíces tan gélidas como la sensación de ser un personaje secundario de una novela de la que no quise nunca participar.

Y se arrastra desde mi sién, y recuerdo la suya, su sién y mi risa ingenua. Se arrastra hasta ramificarse y clavarse en mi cerebro desde miles de entradas. Tengo frío, tengo miedo, o bien estoy sufriendo las consecuencias de su propio veneno.

Amor en cuentagotas. Acto de presencia. Estoy de alguna forma. No estoy por completo. Quisiera estar, pero no puedo. Quisiera estar, pero no quiero. Quisiera, pero no te lo digo.
Mientras tanto la música de disuelve mientras el líquido frío se expande por todo mi cuerpo. Estoy llorando pero no hay lágrimas cayendo.

Y las horas pasan y estoy muriendo por pedirte que lo abandones todo y vengas, pero ni siquiera soy capaz de mover mis labios, soy una estatua de hielo. Ya falta poco, el veneno está llegando a mi centro. ¿Qué puedo decirte que no sepas? Tanto...

Pero ya me ves, o no me ves, tan gélido como siempre quise serlo cada vez que tus artificiales ojos se posaban sobre los míos, adormecidos y asustados. Cansados, avergonzados, arrepentidos.
Aún así, ya es tarde para digresiones, para quejas y arrepentimientos. Lo hecho ha quedado marcado y si no me crees mira mi cuerpo.

El veneno termina de llegar, temo a morir sin haberte dicho que soltar esas cadenas hubiese sido la salvación de ambos. Pero lo que nunca supe fue que el único que necesitaba ser salvado era yo.
Y ahora no lo encuentro, y ahora no te encuentro. No hay héroe en esta novela. Soy un personaje secundario. Soy... soy una sombra.

Ya llega, no puedo moverme, la música dejó de repiquetear en mis oídos, ya no hay forma de escucharte.


El veneno...


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