viernes, 28 de enero de 2011

Ratas en la ciudad



Ratas en la ciudad
(por Emilio Nicolás)



Olvidar mi nombre a veces es difícil, en otras ocasiones lo siento desprenderse de mi pecho con facilidad y elevarse como una hoja al viento, moviéndose hacia un lado y hacia otro, meciéndose como si no supiese qué camino tomar. Al final descubro que nunca estuvo buscando uno. Mi nombre sólo detenía el funcionamiento de cada uno de sus músculos, cerraba sus ojos y dejaba que los demás sentidos percibiesen el destino.

Hubiese podido hacerlo sin problema alguno de haber estado solo. Solo todo es tan fácil. Pero él sabía los límites que yo mismo me imponía cuando se acercaba a mi territorio y me motivaba a cerrar los ojos y a imaginar que su presencia era en realidad su ausencia. Me costaba. Entre suspiros le hacía saber que olvidaba su respiración casi imperceptible. Pero en secreto la notaba, y aún más fuerte que la mía.
Pero me concentraba, eso seguro. Y tomaba aire e imaginaba a mi corto nombre una vez más, saliéndose de mi pecho con sus millones de brazos y millones de manos con millones de dedos que se aferraban a mi piel y despacito la iban soltando, abandonando sus fuerzas como si muchos pequeños niños de meses de edad estuviesen sosteniéndome hasta cansarse. No abrí mis ojos, pero lo vi elevarse en la ciudad, más oscura que nunca aquella noche (totalmente negra, en realidad) y fundirse con la oscuridad hasta desaparecer por completo.

Su nombre hacía rato que se había ido. La destreza con que había abandonado su alto y huesudo cuerpo superaba ampliamente la mía, tanto que había olvidado las letras de su esqueleto, los sonidos que formaban, los colores... quise llamarlo pero en su lugar sólo me quedé con el sonido de alguna letra cortado en la garganta. Me miró sonriendo. No sentí que el dibujo en su rostro fuera cómplice. Lo sentí burlón. Me sentí solo. De inmediato sentí que perdía tiempo. Sentí presión en la quijada, como si un llanto infantil e injustificado estuviese por desprenderse sin mi autorización. Lo sostuve y sentí el dolor punzante. Me miró. Me pregunté por qué había misterio en sus ojos y en el interior de su enorme cabeza. Jamás supe si existió alguna clase de cariño, de afecto, de complicidad desde su lado. Desde el mío, estaba más que evidente. Apreté el puño. La no reciprocidad me atormentaba.

El silencio se hizo cada vez más y más grande entre nosotros. No era la clase de silencio que no molesta. Sentía la necesidad de hablar pero sin conocer su nombre era imposible comenzar. Debía empezar por ahí y me tenía atrapado al habernos despojado de nuestras identidades. Lo supe un extraño al fin y al cabo y la soledad se intensificó. Si lo abrazaba, probablemente terminaba de firmar mi debilidad y acabaría por perderlo. La quijada dolió más. La negrura del cielo era impresionante, se extendía desde nuestras cabezas hacia el infinito sin terminar jamás. La estaba mirando. Hice lo mismo. Edificios y edificios, uno más alto que otro, nadando bajo ella. Negro arriba. Ni una estrella. Abajo algo de niebla en el suelo, moviéndose por hileras, hileras ondulantes que avanzaban despacio y brisas que movían papeles, hojas. Y los sonidos de sus movimientos andantes en la medianoche eran lo único que cortaba con ese silencio del que quería escapar a toda costa. Los humanos dormían, dormían apaciblemente y él y yo éramos los dueños de la calle, de la ciudad. Y yo pensando. Buscándolo mientras lo tenía frente a mí. Me sentí un desperdicio.

Comenzó a correr con la velocidad de un leopardo, saltando entre edificios, elevándose cada vez más. Lo seguí. Mis pasos eran torpes. Él no me esperaba. Yo me apresuraba y me esforzaba para que su figura no se volviese cada vez más y más pequeña hasta desaparecer como lo había hecho mi nombre segundos atrás. Había pagado por el momento. No podía terminar con las manos vacías.
Ahora las tenía doliendo, con cada movimiento que me obligaba a sostenerme de los empedrados y me raspaba la piel de las palmas. Las piernas comenzaban a doler y mi respiración se agitaba cada vez más. Sudor frío. Consistencia. Él corriendo. Él libre. Mi corazón a prisa. Yo prisionero.
Dejé de correr. Él desapareció en la negrura, como supe que lo haría si no se detenía a mirar hacia atrás. Apoyé mi espalda en un enorme roble y mi respiración comenzó a estabilizarse lentamente. Me sequé el sudor con la manga de mi abrigo y volví a mirar hacia arriba. Todo seguía completamente negro. Las piedras de los edificios roncaban muy despacio si uno dejaba de respirar y se detenía a escuchar con agudeza. Sus pasos habían dejado de sonar hacía segundos. ¿Quién sabe dónde estaría ahora? Yo estaba conmigo y sin mi nombre, agarrándome de mis rodillas y a punto de caer al suelo. De hecho lo hice poco después. Golpeé el pavimento tan fuerte con ambas rodillas que pensé que terminaría por romperlas. Exhalé fuerte, como si en realidad se hubiese tratado de un grito tímido que hacía tiempo tenía ganas de soltar de mis pulmones. A mi alrededor, nada. El cuerpo me dolía entero. Su sonrisa burlona. Sus pasos veloces. La complicidad que había soñado y mi nombre haciéndose cada vez más invisible. Cerré los ojos con la mayor fuerza posible, como si temiese a volver a abrirlos. No estoy seguro de si una lágrima corrió o no, pues aún caían gotas de sudor de mi frente.

Me maldije una y otra vez por creer. Me maldije una y otra vez por observar cada detalle, cada gesto y prever lo que muchos niegan prever. Hasta ahora nadie me había dado una razón para seguir creyendo en la humanidad. Él era. Yo era. Éramos ratas en la ciudad, corriendo en la negrura. Comencé a llorar sabiéndome solo. Me detuve de pronto, porque alguien estaba atrás mío.




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lunes, 13 de diciembre de 2010

Hide and seek





Hide and seek
(por Emilio Nicolás)



Como quien le toma la mano al vértigo y le da la espalda al tiempo, que en ese entonces era muy poco, me volteé mientras los pasos apresurados hacían ruido pisando con fuerza la calle de piedra. Primero sus zapatos algo polvorientos, asomando de su vestido de muñeca de porcelana color durazno, también algo sucio. De sus puños asomaban sus pequeñas manos, como las mías, que presionaban el muro con fuerza mientras ella hundía su cabeza entre sus brazos y cerraba los ojos presionándolos como si una especie de juez estuviese a su lado para calificar su honor en el juego. Ni bien pude contemplarla los demás pequeños cuerpos, como el mío, se escabullían por todas partes y desaparecían en menos de lo que un relámpago sorprende a las calles. Algunas risas desafiantes hicieron eco en los muros del pasillo estrecho y en poco ya sólo se oía su cuenta regresiva y mortal, condenándonos a todos. Corrí.

Las veredas estaban tan pesadas como el aire, me quemaban los pies aún con el calzado, que recuerdo, era nuevo. Todo estaba infestado de transeúntes, obstáculos de mi circuito cuya extensión ignoraba. De hecho todo ignoraba en aquel momento, simplemente corría. Al saberme ya lo suficientemente lejos del perímetro donde se había pactado el punto de inicio de la búsqueda me sentí seguro de poder reír con fuerza sin peligro alguno de ser encontrado. Reí, pero no dejé de correr, empujando damas y señoras con sus bolsas llenas de mercancías o esquivando correas que llevaban cualquier variedad de perros. Mis pasos eran cada vez más presurosos, como si el suelo quemase tanto que dolía cada milisegundo en que estuviese pisándolo. Estaba volando, con los puños cerrados y el sudor bajando desde mi frente, humedeciendo mi flequillo, hasta bajar a mi cintura y producirme escalofríos.

No había punto final, no había límite. Volaba, esquivándolos a todos y a cada uno. En algún sitio muy lejano estarían buscándome, quizás detrás de un árbol, o en algún contenedor, de esos grandes donde colocan los desperdicios de una manzana entera. No se me ocurrían otros sitios donde podría estar escondido. Mi imaginación estaba tan limitada, tan fatigada, que no tuve mejor idea que hacer del mundo mi escondite y correr, correr riéndome de mí, riéndome de ellos. Dejándolos atrás, en su juego.




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sábado, 4 de diciembre de 2010

Los extranjeros




Los extranjeros
(por Emilio Nicolás)





- No es que ninguno de los dos esté contra el mundo - Le dije.
- El aire está más ligero aquí... - Respondió sin dejar de mirar hacia abajo.

Suspiré.

Me senté sobre el borde sin dejar de mirar al frente. La cúpula de aquel edificio siempre me había llamado la atención. Recordé aquellas épocas húmedas y de calor extremo cuando entonces la suerte no estaba de mi lado. Recorrer aquellas calles bajo el pisotón ardiente del sol amarillo parecía ser un círculo del que jamás podría liberarme y mi único respiro aparecía cuando me acercaba a la estación del subterráneo y entonces levantaba mi fatigaba cabeza y contemplaba aquella corona donde dos ángeles cuyos rostros mefistofélicos y algo nihilistas no expresaban más que la indiferencia pura hecha ojos, hecha labios, hecha perfiles mientras apenas tocaban las puntas de sus dedos como si en su afán de presentar al universo la soberanía indiscutible dibujada en sus ojos no fuesen capaces de ocultar su debilidad al reflejar sus miradas en la de otro similar.

- Ni los ángeles, ni los demonios, nacieron para vivir en soledad - Solté de mis labios sin siquiera pensar en mis palabras mientras no quitaba mi vista de aquellos seres, siempre quietos, siempre presentes.
- No soy un ángel, ni un demonio... - contestó dirigiendo su mirada a mí. No fui capaz de mirarlo.

Sentí que en su mirada había cierta preocupación por mi ubicación. O quizás eso fue lo que quise pensar. Me gustaba la idea de saberlo preocupado por mi integridad. Presioné mis uñas contra mis rodillas mientras las sujetaba entrecruzando los brazos y pensé para mis adentros que no había forma de que yo cayese en el juego en que a todos hace caer. Esa máscara de abulia hacia todo lo que lo rodea no podía mentirme. Comencé a preguntarme si era realmente así, si yo era capaz de leerlo más allá de aquella superficie negra que muestra al mundo o si sólo era una ilusión para sentirme diferente y único al resto de su universo. Volví a suspirar. No quise responder más. Me agobiaba él. Me agobiaba entero.

- ... sin embargo estoy aquí ahora - continuó.

Y tenía razón. Acababa de responder a mis inquietudes. Como si una vez más supiese leer en mis silencios a cada uno de mis miedos y preocupaciones. Él me dolía, porque había abandonado todo lo que me era propio para proponerme quedarme a su lado y luchar contra el mundo juntos y no había retroalimentación que me llenase. Una vez más me había confundido de término. En mis propios pensamientos cometí el error. Moví mis labios:

- No es que ninguno de los dos esté contra el mundo ¿Verdad?
- ¿A qué te refieres?
- A veces me confundo - Me paré sobre el borde y miré hacia abajo - Ambos caminamos por entre la gente pero nos sentimos diferentes, como si no hubiésemos nacido para ser parte de ellos, ¿No es así?
- Pero lo somos. No estás en ninguna novela - Respondió sin mirarme.

Cada vez me dolía más. No podía hacerle entender el sacrificio que había cometido, que jamás tomé como tal. No me había costado hacer a un lado, por lo menos aquella tarde, a todo lo que me era propio para quedarme en silencio, así, lejos de casa y lejos de todo, al lado suyo. Desde el primer momento en que mi mirada se cruzó con la suya jamás pude volver a dormir dignamente. Fue como si un espejo reflejando al sol de pronto se hubiese situado en mis pupilas. Necesitaba saber si gozaba de mi compañía como yo con la suya. Pero había algo que nos diferenciaba a ambos.

- Recuerdo la antipatía en tu rostro cuando te conocí... - me dijo de pronto.

Lo miré extrañado.

- ...jamás pensé que resultaras un mártir sensible y caprichoso - continuó.

Lo miré frunciendo el ceño. Sonrió exhalando un leve suspiro por sus fosas nasales. Algo soberbio.

- No es nada malo, al contrario - dijo moviéndose un poco y por fin mostrando algo de vida en su pálido cuerpo.

El viento parecía más fuerte donde estábamos. Pero discreto a la vez. Helaba pero no soplaba intensamente sobre nosotros. Como si de manera minuciosa estuviese actuando sobre nuestros cuerpos para helarlos hasta dejarlos duros.

- ¿Me hubieses preferido así? - le dije con miedo, con los labios temblando. Me escandalizaba la idea de perderlo. Tenía miedo de saberme en un juego de estrategias en el que debía cuidar cada una de mis palabras si quería mantenerlo junto a mí. No era justo.

- Estoy a esta hora, en este día, en este lugar, y no estoy solo - me respondió. Pero sin mirarme.

Tan distante. Tan antipático también. Eso era lo que nos diferenciaba. Yo supe mostrar mi rostro detrás del miedo. Él no sabía liberarse de los suyos. Lo aterraba tanto la idea de sentir que ni con el más paciente de los niños era capaz de abrir sus puertas de una vez. Suspiré una vez más.

- ¿Recuerdas esa tarde ventosa, cuando pasamos por ese camino asfaltado a cuyos costados se extendían dos hileras de cerezos?
- Como si fuese ayer.
- Aquella lluvia, distinta... No estábamos en ninguna novela idílica - Sonreí. Me gustaba contradecirlo. Él sabía que no era con malas intenciones. Era mi forma de acariciarlo sin que se sienta incómodo.
- No, no lo estábamos - Dijo sonriendo.
- Entonces ninguno de los dos está contra el mundo, ¿Cierto?
- Me gusta mucho el mundo.
- Entonces son ellos, ¿No es así?
- La mayor parte...
- ¿Qué quieres hacer?
- Huir no tendría sentido.
Abajo todo parecía una cinta en movimiento que terminaba y volvía a comenzar. Nada variaba, nada rompía con ese movimiento constante y aletargante que se repetía una y otra vez. Arriba estábamos bien. Él y yo. En silencio. Abrazarlo hubiese sido letal. Hubiese sido demostrarle que no estoy a su nivel de insensibilidad. Demostrarle que temo a la humanidad, lejos de serme indiferente, y que su compañía me es necesaria. Permanecí quieto. Miré sus ojos celestes, casi grises. Una vez más me volví a resistir a la posibilidad de que se haya convertido en un jóven de piedra. Su mirada parecía vacía pero no lo era. Parecía.

Nuestra forma de aceptarnos como humanos era completamente distinta. Pero ¿qué más daba? Él estaba ahí, en ese momento, en ese lugar. Y yo estaba ahí, en ese mismo momento, en ese mismo lugar.





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miércoles, 1 de diciembre de 2010

¡Qué bueno que no me excitas tanto!



¡Qué bueno que no me excitas tanto!
(por Emilio Nicolás)



Qué bueno que no me excitas (tanto)
¿Por qué me miras así? Estás sentado sobre el extremo de la cama, con tu delicada y larga espalda pálida arqueada iluminándose con la luz de la noche y las manos juntas en medio de tus rodillas. Suspiras mientras tu mechón ya algo crecido intenta tomar vuelo por sobre tus ojos y vuelve a bajar cuando el aliento se va. Te ves algo frustrado y quizás temas a que nos alejemos pero créeme, que considero una suerte que no me excites (tanto)

De tanto en tanto se me da por pensar que nací sólo para fornicar. Si supieses cuántos cuerpos se han convertido en mi posesión durante escasos minutos que golpearon la puerta y salieron corriendo como niños jugando a la hora de la siesta. Mi sed insaciable y descontrolada me llevó por malos caminos que nunca tuve problema alguno en recorrer. Ante la furtiva mirada de los escandalosos me vi en medio y ahora te escucho quejarte cuando alguien te dice algo por tu forma de vestir. Si tan sólo te hubieses metido en mi piel condenada.

Una especie de sucubo, o de incubo o lo que sea, ¿existe eso? De haber existido alguno o no, al menos se le ha puesto nombre a esa hambruna infatigable de entrelazar el cuerpo de uno con otro y hacerlo transpirar hasta la última gota. Después de un par de suspiros para recobrar el aliento el deseo se duerme al menos unos instantes y ya no quieres saber noticia alguna de aquel mortal que acaba de cumplir con su papel de esclavo, de alimento, de goce de tu satisfacción egoísta y despiadada.

Contigo podría pasar horas conversando en la oscuridad, o en silencio, tal vez. Desnudos los dos, inmersos en la negrura respirando a la vez. La bestia jamás notó tu pacífica y sensible presencia de niño que sólo necesita afecto. Y tienes toda mi atención y mi espíritu. Te noto frustrado, sentado en el extremo de la cama y te abrazo. Tienes el atrevimiento de considerarlo una desgracia para ambos. ¡Qué bueno que no me excitas tanto!




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martes, 30 de noviembre de 2010

Karotte




Karotte
(por Emilio Nicolás)





Llegó un momento en que no distinguía si la negrura a su alrededor era el cuarto mismo o si sus ojos se habían cerrado en realidad.

- Karotte... - dijo de golpe, asustado. Se aseguró de abrir los ojos en el momento, aunque no se notase la diferencia.
- Rosig... - le contestó el otro desde quién sabe dónde, pues no se podía ver nada.
- ¿Estás despierto? - Le dijo con temor a ser el último sonido que sus pequeños oídos escuchasen en toda su corta vida.
- ... sí -contestó el otro, algo fastidioso.

Efectivamente sus ojos habían estado cerrados, si esforzaba un poco la vista podía divisar el contorno de aquella figura de madera con la forma de un gato que reposaba junto a la ventana, la cual tenía las persianas muy levemente abiertas.
Sabía que si se levantaba a corroborar que estaba despierto probablemente alguna de las criaturas de la noche aparecería desde las tinieblas para llevárselo quién sabe a dónde. La consigna era fácil, pero a la vez tan difícil de sostener. Debía permanecer quieto hasta que el sueño lo venciese. ¿Pero qué sucedía si lo vencía definitivamente? ¿Y si jamás volviese a despertar?

- Karotte ... ¿tienes sueño? - le dijo sin dejar de mirar el contorno de aquel gato cuya sonrisa brillante parecía dirigirse hacia él, burlona.
- Sí tengo - se escuchó.

Tenía miedo de confesar su miedo, tenía pavor de que Karotte se enterase de lo que son capaces las criaturas de la noche si uno se atreve a desafiarlas poniendo un pie afuera de la cama. Tenía la certeza de que él ignoraba tal peligro y sabía firmemente que si le contaba, su reacción sería tan escandalosa que los llevaría a los dos a una muerte segura. Si se agudizaba el oído concentrándose bien, podían oírse los gruñidos que provenían de abajo de las camas, de adentro de los armarios e incluso desde el jardín trasero donde aguardaban a cualquier ser humano digno de salir de su casa en plena madrugada.
¿Pero cómo salvarlo de una muerte segura y espantosa? Tampoco era pertinente cerrar los ojos. Por ahí, cerca del centro donde se reúnen todos los mercaderes, había escuchado que últimamente muchos pueblerinos jamás regresaban del sueño, y no había quien pudiese conseguir que abran de nuevo sus ojos a la luz. Una lágrima corrió de su pequeño rostro ingenuo, pero manteniéndose firme y fingiendo no tener preocupaciones volvió a romper el silencio.

- ¿Qué harás mañana, Karotte? - le dijo con la esperanza de escuchar algo convincente que lo alivie de la incertidumbre.
- Dormir... - le dijo el otro, casi sin voz.
- Karotte, ¿Por qué dices eso? - dijo el pequeño entre lágrimas que lo ahogaban y lo hundían cada vez más en la condena que tanto temía.
- Porque no me dejas dormir ahora, Rosig - dijo el otro, saliéndose con cada palabra un poco más del mundo de los sueños.

Permaneció en silencio. Miró el techo, que se veía algo negro, algo azulado. Quizás la luz del día estaba asomando ¿Qué hora sería? Pensó que quizás si movía levemente su cabeza las criaturas no se darían cuenta y se giró en torno a Karotte.
Podía ver, como ocurría con la figura del gato, el contorno de su cuerpo alumbrado por una luz algo azulada, algo violeta, dibujando la curva de su nariz pequeña que bajaba y volcaba en sus labios algo rellenos y entreabiertos. El mentón se movía muy despacio, si se concentraba fijamente la mirada y el pecho desnudo subía y bajaba con un ritmo casi imperceptible. Tenía los ojos cerrados y las sábanas lo cubrían desde el ombligo hacia abajo. Sintió deseos de deslizarse hacia él y sostenerlo pero la parálisis podía más.

- Karotte... - volvió a decir.
- Sí...
- ¿Recuerdas cuando nos conocimos? - le dijo, sonriendo en la oscuridad.
- Sí, Rosig... - le respondió aquel, ya casi entregado al mundo de los sueños, pero por alguna razón dejando un poco de sí mismo en la lucidez. El pequeño ignoraba el esfuerzo de este.
- ¿Aún quieres cuidar de mí, Karotte?
- Sí...
- ¿Mañana qué haremos?
- Ehm...

Se hizo silencio entre los dos. La respuesta jamás llegó. ¿Qué tal si lo perdía? ¿Qué tal si no volviese a verlo? El aire se ponía denso y su cuerpo más y más pesado. No sabía qué preguntar ahora para mantenerlo con él. No quería quedarse solo.

- Karotte...
- Sí...
- Dime, ¿Qué haremos?
- ...

Bostezó en silencio.

- Karotte ¿Recuerdas cuando me perdí en el bosque?
- Sí...
- ¿Cómo supiste que estaba bajo ese, ese preciso árbol entre los miles de árboles que había?
Se debilitaba a medida que mencionaba cada palabra.
- Tú sabes...
- No sé...

Sus respuestas eran cortas. No estaba seguro Rosig. Tenía ganas de llorar pero en lugar de amanecer pareciera que la noche se encerrase aún más en ambos. Temió perderlo. Era un temor inútil e infundado, pero lo tenía. Lo sentía respirar a su lado, cada vez más débil y lejos. Se iba. Pronto dejaría de contestar. Pronto no estaría más.

- Karotte...
- ...
- Karot...

Él también se estaba yendo, no quería pero se estaba yendo. De a poco lo único que seguía haciendo era respirar despacio, cada vez más despacio. Se preguntó a dónde iría y si Karotte estaría con él a donde fuese.
Su cuerpo sucumbía en el silencio, en la oscuridad y en la soledad aunque bien supiese que no estaba solo. El sueño lo envolvía con sus brazos ni cálidos ni fríos. Sintió un cosquilleo en su mano derecha. Muy, muy despacio, acariciándolo apenas, los dedos de Karotte abrían camino entre los suyos hasta abarcar espacio y cerrarse levemente. Rosig sonrió.





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lunes, 22 de noviembre de 2010

Frágil





Frágil
(por Emilio Nicolás)





Lo último que se escuchó habrá sido el sonido de sus propias espaldas golpeando el suelo de piedra de aquella plaza abandonada. Se habrá escuchado con los oídos zumbando y con el ambiente distorsionado. Quizás sus ojos estaban abiertos, mirándome a mí con los míos cerrados. No lo sé. Retiré de un tirón hacia arriba lo único que nos unía y lo escuché caer. No me atreví a mirar de nuevo. Si tenía que darme un golpe lo sentiría, si tenía que empujarme también lo haría, si tenía que maldecirme antes de partir pues recibiría encantado su descargo, pero con los ojos cerrados.

Nada sucedió.

Se oyó el revoloteo de un grupo de aves, quizás temerosas de ser testigos de aquella atrocidad, que se alejaba velozmente y se debilitaba en pocos segundos. De haber tenido el oído más agudo seguramente sus latidos se hubiesen acoplado a ese sonido que veloz y gradualmente se apagó. Bajé mis brazos y aflojé los dedos. Sin querer la punta tocó mi rodilla izquierda. Sentí la humedad. Me producía placer sentirla. Era la primera prueba de mi fechoría. Era el comprobante de que todo estaba hecho. Pero necesitaba más. Tenía ganas de sonreír, de reír un buen rato. Abrí los ojos y ahí estaba el desgraciado, ahora una inútil estatua. Había muerto mirándome fijo. No me asustaron sus ojos fijos a mi rostro, de hecho sonreí como si aún estuviese presente en cuerpo y alma. Lo miré desafiante y me puse serio al instante. Serio pero amenazante, me paré sin dejar de mirarlo y me sostuve de su carnosa entrepierna para hacer equilibro.
Pasé una mano por mi flequillo y miré a mi alrededor. Nadie había. Y supe que nadie lloraría su muerte, eso me dejaba en paz conmigo mismo. Ya no volvería a perseguirme, no volvería a ver su pesado cuerpo pisando mis talones ni lo sentiría empujar sobre mí con esa fuerza que lo caracterizaba. Caminé hacia casa. Debía acostarme temprano, pues unos amigos me esperaban al día siguiente para pasar el día juntos.

La calle estaba tan abandonada y el aire... ¡Ah! el aire era lo mejor, acababa de llover así que no hace falta describirlo, el lector bien sabrá cómo es el aire después que llueve. Besaba fríamente cada centímetro de mi cuerpo y me conducía despacio con cada paso por mi camino. La brisa por momentos me acariciaba el cabello. Pensé que me detendría o que miraría hacia atrás para verlo durmiendo sobre el suelo de piedra, pero reconozco que en varias ocasiones había olvidado de dónde venía. Alcanzaba con ver la mancha turbia en mi rodilla para recordar que acababa de terminar con él. Pero era evidente, había vuelto el tiempo atrás, a cuando no lo conocía, a cuando él y yo éramos completos anónimos. Nada sucedió en mi universo. El momento se borró.

Jamás alguien dudó de mí, pues no había registros de mí en su vida, su contacto conmigo siempre fue clandestino y su soledad en la vida lo convertía en un muerto viviente que alguien tenía que desterrar de donde no merecía estar. Me sentí un elegido, un enviado para cumplir con una misión: Semejante bestia no podía vivir.

Pensé, ahora aquel joven que tantos halagos me venía dedicando hacía meses tendría el camino libre hacia mí y no correría peligro alguno. Todo sería perfecto. Sonreí y las estrellas empalideciéndose con la mortecina luz del día asomando sonrieron conmigo. Di unos cuantos pasos más con seguridad cuando una ráfaga me enfrentó de frente. Me quedé paralizado en medio de la calle como si un mensajero hubiese atravesado el universo entero para recordar mi esencia. Yo no era ningún héroe.

Tampoco fui ni soy ningún fuerte, al contrario. Él jamás sería capaz de venir hacia mí ahora que el otro había muerto. De alguna u otra forma encontraría la manera de dañarme y tendría la misma suerte. Una mentira piadosa, un olvido, una mirada seductora y fugaz hacia otro, quizás una marca de egoismo, o de soberbia ¡Quién sabe! Ni él ni nadie saben de dónde vengo ni a dónde voy. Yo no soy como todos estos que caminan por las mismas calles que yo, que van para adelante o van para atrás, creyéndose tan conformes y tapándose los oídos a las mentiras que bailan como niños en círculo a su alrededor. Soy frágil. soy horrendamente frágil.

Me tomé por los codos y caminé seguro e iracundo. Todo a mi alrededor era el enemigo, todo merecía ser desgarrado hasta desangrarse. Soy frágil, nadie ha cuidado de mí y nadie se ha propuesto hacerlo. Ya se habló alguna vez en este planeta de la desesperación y el terror a la soledad que anida en cada uno que los obliga a tantear por todos lados sin importar lo que agarren con tal de tener algo en las manos. Todos y cada uno me duelen y no puedo más que caminar mirando hacia abajo. Soy frágil, soy de papel. Para cuidar de mí hace falta un entrenamiento especial en la honestidad y en la cortesía, en la pureza misma de un alma desnuda que no pretende disfrazarse a los demás.

Imágenes, todos viven de imágenes. Pues les diré lo que hago yo: Yo me elevo sobre mi propio cuerpo durmiendo sobre el viento y cerrando los ojos para no mirar. Lo único que siento es el sonido del viento, despeinando mis cabellos y entrando a mis pulmones hasta llenarlos. Yo salgo por las calles y no soy uno más. Soy enemigo de las raíces y no de lo superficial. Y es por eso que tanto temo, porque he de mirar lo que nadie se dispone a buscar. Temo al temor mismo y doy vueltas sobre mi eje en cualquier sitio hasta caer sobre mis rodillas y esperar. Sé que hay alguien más. Sé que alguno me cuidará de esta masa negra que me obliga a presionar el filo hasta sentir que yo mismo comienzo a desangrar. Entonces calmo mi mano, calmo mis nervios y vuelvo a casa alerta y consciente. Puedo cuidar de mí mismo, pero ¿a quién quiero engañar? Soy tan fragil que si pronto no aparece la excepción al universo me terminaré por congelar.





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